lunes, 30 de enero de 2012

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Encremandose:

En todo grupo de personas persisten esos rituales, que aunque a veces imperceptibles están siempre presentes. Pueden ser cualquier cosa, un saludo, un lugar de reunión, una actividad, una frase y su contestación común, risas cómplices, en fin, en nuestro caso es el póker.
Claro que tenemos que contextualizar “póker”, no es una cosa que digamos como juegan al póker, más bien nos gusta prepararnos algo bien suculento para cenar, y amenizamos la sobremesa con un juego lúdico, al cual le destinamos un pequeño presupuesto, que daría vergüenza mencionar, solo para que los irreverentes de ocasión no desvirtúen la seriedad con la que mi cofradía enfrenta el ritual del póker. De mas esta decir que el “veto” de una persona es permanente, si comete un impío acto como formar escalera real en su primer visita, o bien desententidamente deslice por su boca un “u hice póker”.
En tantos años de reuniones semanales, han pasado por la mesa de póker unos cuantos individuos, algunos muy curiosos y otros aterradores. Hoy voy a contarles la charla que se suscito una noche cuando el invitado nuevo era un estudiante de intercambio alemán, el cual poseía un acento que hacia gracioso todo lo que decía.
Hombre alto y rubio, con algunas costumbres que diríamos poco comunes en nuestra cofradía, pero que entendíamos como propias de una cultura extranjera.
La noche comenzó normalmente, comimos opíparamente y luego lentamente el encargado de lavar los platos penosamente agarro la esponja, y mirando hacia los lados, suplicando que el “gato”-amigo entrañable- nunca más cocinase en su vida, ya que su increíble mano química para enrazar soluciones, la había aplicado para enrazar puré, salsa y otros mejunjes, dando por resultado una acumulación de trastos y porquerías, de olores y colores extraños, aun para los más experimentados.
Alguien extiende el paño verde sobre la mesa, se abre la pequeña valija de los sueños, con sus pequeñas fichas cuasi rupias hermosas, y unas amilanesadas cartas de póker, cuya textura y olor recordaban a las papas fritas pre cocidas en aceite viejo.
Comenzó la partida, y con ella las historias, que se contaban no solo para divertir a los que las escuchaban si no también como forma distractoria, como táctica ruin para apoderarse del pozo de los principiantes que se encontraban perdidos en estas fabulas.
El Alemán, sagas e inteligente germano, se dio cuenta enseguida que para entrar al grupo debía contar una historia BUENA, y así comenzó a recordar sus días en México.
Los pueblerinos que integramos la mesa, quedamos desconcertados con los relatos de tierras lejanas, de comidas exóticas y que se yo que boludes mas.
Bueno, cuando el Alemán creía haber hecho su parte en la noche, una vos algo débil hace una pregunta-¿y donde parabas vos en México?- Inmediatamente la cara del Alemán se comenzó a volver algo adusta, increíblemente la pregunta lo había puesto incomodo.
La incomodidad del nuevo es como sangre en la boca de los predadores que habitaban esa morada.
Comenzó la balacera de preguntas- ¿y donde trabajabas?-¿Cómo te bancabas la estadía?-¿conociste alguna chica?- y allí comenzó la decadencia del germano.
Duramente y con un castellano pobre comenzó a describir la situación.
EMM bueno, como decirles, em , yo vivía con una señora, en el df, muy emm gentil señora, que me prestaba alojamiento.
Aja, se sintió, -y no te cobraba nada?- emmmmmmmm….Como cobrar?, -No te hagas el tonto alemán, con que le pagabas a la vieja?-.
Así continuo la noche hasta que al final confeso.
Vivió con una anciana que pese a su edad poseía deseos carnales constantes, los cuales satisfacía con el germano, que al parecer tenía un estomago mucho más curtido que la mayoría de los mortales. Je y si hablamos de olfato, aun más curtido, resulta que la señora, tenia algunos fetiches, entre ellos las maracas mexicanas, y  a mi humilde parecer el mas detestable, encremarse de pies a cabeza con un ungüento de olor alcanforado, que al parecer le otorgaba poderes sexuales.

El estallido de lágrimas por la risa incontrolable fue comparable solo a la desolada cara de humillación del pobre alemán, que sintió que esta cultura no entendía el buen trato que él había conseguido por tierras mexicanas.

Lo que son las otras culturas, la que lo pario.


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